Ruge un gran felino en la ciudad.

Hace algunos años el león capitalino despertó a sus vecinos con sus rugidos, donde las miradas de los niños lo seguían como una sombra, ojos expectantes en las rejas, sí,  en Teusaquillo más exactamente en 1975, Bogotá conoció a “monaguillo” que en su momento fue el símbolo vivo del equipo Santa Fe.

En algún momento a alguien se le ocurrió conseguir la mascota para el equipo y de acuerdo a eso se abrió una discusión donde pájaros, perros y gatos, se disputaban un equipo, muchos se preguntaban ¿por qué un león?. En la cabeza de los directivos estaba esa idea; un león con una  gran melena, arrogante y triunfador siendo así descrito, empezó la tarea de buscar un león en Colombia, algo casi que imposible.

Sin embargo en el zoológico de Pereira, después de llamadas, cartas y razones, que se hacían del voz a voz, apareció una leona embarazada y de ahí, de esos contactos, apareció el cachorro que estaría en las oficinas de Santa Fe en la fría capital.

Monaguillo nació el 13 de mayo de 1975,  meses después desde Calí este cachorro empezó su travesía hasta Bogotá, tuvo que ser traído en un campero y siendo un animal salvaje mostraba su condición con rugidos de incomodidad y su característico olor.

Unos días estuvo en un apartamento en Cali donde entre juegos y mimos demostraba su condición salvaje, mostrando sus colmillos, lazando sus garras a los pocos muebles que existían, y eso siendo un cachorro; en menos de un  mes el corazón del barrio Teusaquillo recibió al “monaguillo”.

Durante casi tres años las calles de Teusaquillo fueron testigos de cómo vivió la fiera entre paredes que ahora son colegios;  en medio de las viejas costumbres capitalinas de las cinco de la tarde como tomar un tinto se adornó de fondo con los rugidos del león que hacían vibrar los grandes ventanales de las casas y llamaban la atención de los curiosos, ¿quién podría creer que un león estaría en Bogotá?.

En su primer momento el monaguillo actuaba como un tierno felino de barrio, de casas y de hostales, se paseaba por las habitaciones de la sede y también ¿por qué no? juguetear con los delanteros del equipo. Sin embargo, al siguiente año ese tierno animal tuvo que estar cautivo en un jaula enorme en el ante jardín de la casa.

Donde los estudiantes de algunos colegios se acercaban con cierto morbo a ver a un león, decían “vamos a ver al león gratis” él dormía mientras que los rostros capitalinos se agrupaban en la reja uno tras de otro, esperaban que la fiera se levantara o rugiera, y así alejarse con miedo y con satisfacción de la reja y seguir caminando en las turbias tardes capitalinas.

Durante un tiempo junto a la casa de monaguillo se instaló un colegio en el habían niños de primaria, el león con ganas de saber qué estaba pasando en la casa contigua, se trepaba en uno de los árboles que adornaba el patio y con un solo salto llegaba a ese ligar donde varios infantes disfrutaban del jugo de guayaba y el sándwich de huevo  tradicional de las “medias nueves”. Todo en silencio seguía los pasos de la fiera, hasta que un profesor llamó a la policía y se tuvo que tumbar el árbol que servía como  trampolín para monaguillo.

Con el tiempo monaguillo desarrolló gusto por las comidas como el sándwich de jamón y queso, que mientras se hacían las reuniones de la junta del equipo, era repartido entre los accionistas y como estos sabían de la existencia del león, por una ventana se los hacían llegar lanzándolos en grandes pedazos o completos, esto sirvió para que el monaguillo desarrollara la capacidad de pedir y cada que se encendía la luz de aquella habitación, un carnaval de rugidos despertaba a la población capitalina.

Siendo esta la razón por la cual los vecinos se quejaran y se decidiera sacar al monaguillo de la ciudad. Llegó al zoológico Mesitas del Colegio donde tuvo sus leoncitos y fueron estrellas durante mucho tiempo. Al león lo mató una inyección mal puesta, su antiguo dueño se atrevió a recuperar el pellejo de la estrella de Santa Fe, que alguna vez saltó al Campín con los jugadores y que con sus rugidos espantó a los Millonarios que gozaban de glorias pasajeras.

Por: Carlos Andrés Vigoya Ayala