TIC, TOC, LA TIENDA DEL RELOJ

TIC, TOC, LA TIENDA DEL RELOJ

Eran las siete de la mañana cuando Alfredo Núñez se levantó, tendió la cama de manera aburrida y cansado bajó a tomar su desayuno. Era un hombre de estatura promedio, cabello y bigote negros, en los cuales comenzaba a aparecer algunas canas, 47 años y los dientes ya amarillentos por tanto café, vestía un traje de dos piezas gris con un moño café a la altura del cuello, se dio una última mirada en el espejo del baño y cansado de su aspecto ojeroso, rodó los ojos y salió, cerrando con llave.

Ilustración: Luisa Fernanda Bejarano – 9D

Diez minutos después llegó a la estación, esperó el tren de las 7:30, se subió y durante el corto viaje a la ciudad vecina, se dispuso a leer el periódico que llevaba en su maletín, pensando en la entrevista para su nuevo trabajo. Bajó en la estación 3 y con un papel en su mano, caminó por las calles abarrotadas de gente, hasta encontrar la tienda de relojes. Al entrar en la tienda vio una cantidad de relojes de diversas formas y colores; detrás del mostrador había un anciano con una ancha sonrisa  y pelo totalmente blanco.

Buenos días mi nombre es Alfredo, soy el relojero y vengo por el trabajo –  Dijo mientras sacaba de su maletín el certificado.

¡Claro hijo! Contestó el Sr. Smith  pasa y siéntate donde gustes, ¿Quieres té, café o whisky con galletas?, solo tengo de dinosaurio, espero no te moleste.- Dijo el anciano alegre, mientras Alfredo lo miraba con su típica expresión aburrida.- ¡Alégrate hijo!, ¡Acabas de encontrar el mejor trabajo  de la vida!

-¿Y no piensa entrevistarme?

¡No me hace falta!, te conozco desde hace mucho. Alfredo no le tomó importancia al comentario y comenzó a recorrer la tienda con el anciano, mientras notaba que cada reloj estaba a una hora diferente. Después de ver todo, dijo: Disculpe señor Smith, pero ¿Se dio cuenta que todos los relojes están en una hora diferente?, puedo arreglarlos si quiere.

Sr. Smith le contesto: No puedes arreglar lo que ya funciona- dijo el anciano mientras sacaba un reloj cucú de una caja y se lo ofreció a Alfredo- Este reloj me lo dio mi padre cuando me dejó la tienda, ahora es tuyo.

Muy confundido, Alfredo tomo el reloj y vio horrorizado como el anciano se desvanecía, mientras susurraba unas últimas palabras al oído de Alfredo. ¡Felicidades hijo! Ahora eres el encargado de la tienda, disfrútalo.

 Por:

Lina María Suárez Suárez

María Paula Pardo Vargas  9A